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Por Ramón Peralta
La frase que sirve de título a este artículo, la dijo Mitt Romney, candidato Republicano, que encabeza el grupo de ese partido que aspira a disputar la presidencia a Obama en las próximas elecciones.
No fueron pocos los que se sorprendieron al escuchar de la boca del candidato la citada frase, ya que reflejaba, de pies a cabeza, la falta de sensibilidad hacia los pobres del país, que la crisis económica que padecemos ha hecho crecer cada vez más. Pero para aquellos que han seguido de cerca los pronunciamientos del Sr. Romney, tal insensibilidad no fue un secreto. Desde que se inició el proceso de las primarias republicanas, son numerosas las meteduras de patas que el Sr. Romney ha hecho y en casi todas ellas ha dejado notar, que a él no le importa un pito la suerte de los de abajo. Claro, se trata de un hombre que no ha conocido otra vida diferente a la de ser millonario con el aditivo de ser arrogante.  Además de tomar en cuenta de que se trata de un millonario, el Sr. Romney forma parte de un gran grupo, agazapado en el Partido Republicano, que ha asumido como ideología política, la idea de que ser pobre es porque no se ha hecho el esfuerzo necesario para no serlo. Es decir, que ser pobre es una elección voluntaria y que tanto la sociedad como el gobierno nada tienen que ver con el que ha hecho esta elección. De ahí que en los últimos años, ese grupo, ha estado propugnando que el gobierno se deshaga de todos aquellos programas que tienen que ver con la ayuda a los que han caído en la pobreza. Ellos sostienen que los programas sociales para atacar la pobreza, deben ser transferidos a las instituciones caritativas de carácter religioso. Esa posición es sostenida, a pesar de que no es producto de la fantasía y tampoco de su voluntad, que cerca de 46 millones de norteamericanos, pertenecientes solo a las minorías, hayan visto descender su nivel de vida como producto de la crisis económica. La realidad de la pobreza en Norteamérica hoy día es tan patente como en ningún otro momento desde los años de la Gran Depresión. Hay que estar muy cerca de la luna para no reconocer esta gran verdad. No hay manera como concebir, que un hombre que esté aspirando a ocupar la Presidencia, caiga en el error de decir, que a él no le importan los pobres, cuando precisamente estamos en un momento en que la pobreza es más evidente que nunca. Todo luce indicar, que para el Sr. Romney, la realidad de la pobreza no es algo que evidencian los hechos, sino una cuestión meramente de percepción y por eso, no amerita la atención en su propuesta política de gobierno.
También hay que reconocer, en honor a la verdad, que el tratamiento de la pobreza como algo ajeno al gobierno, es una ideología que ha encontrado raíces profundas en el seno del Partido Republicano y que no es propiedad solo del Sr. Romney. Por eso, no es extraño, que los demás candidatos ni siquiera se molestaran en sacar capital político del desliz cometido, ya que ellos concuerdan también con esa posición. De manera que, eso de que “No me importan los pobres”, no es solo una manifestación de la arrogancia del millonario candidato, sino que es parte de la ideología que suscribe su partido. Ya en los debates del presupuesto en la Cámara de Representantes se oyó el mismo canto. En definitiva, al Sr. Romney y su partido no les importa el grito de los pobres. A ellos se aplica aquella cita que dice: “El grito de los pobres no es siempre justo, pero si usted no lo escucha, usted nunca sabrá lo que es justicia.” Ya se sabe lo que le espera a los pobres si el millonario candidato logra sus propósitos de llegar a la presidencia.
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